Fondo Filippini en Museo del Cine “Pablo Ducrós Hicken”

Desde del Archivo Histórico Provincial “Prof. Fernando Aráoz”, dependiente de la Subsecretaría de Cultura del Gobierno de La Pampa, se entregaron en calidad de guarda, 29 películas (rollos) en nitrato de 35mm., al Museo del Cine “Pablo Ducrós Hicken” de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, con el acuerdo y autorización de los herederos directos del Sr. Domingo Filippini.
Estas 29 cintas (con numeración del 101 al 129 inclusive), fueron depositadas en dicho Museo para su adecuada conservación, atendiendo a un acuerdo previo entre las partes involucradas.

Cabe destacar que el Museo del Cine, cuenta con un depósito especial destinado a este tipo de películas de alta peligrosidad, motivo por el cual se decidió su traslado desde el Archivo Histórico Provincial, espacio donde permanece el resto del material entregado por la familia Filippini. Estas películas digitalizadas se encuentran en el Archivo Histórico Provincial para su difusión y consulta. (El Archivo, está situado en Bartolomé Mitre Nº 85, ciudad de Santa Rosa, y su horario de atención es de lunes a viernes, de 08:00 a 16:00hs.).

Todo el material ingresado al Museo del Cine, fue controlado por personal técnico de ambos organismos, para cotejar su correspondencia con la descripción y datos enviados anteriormente desde el Archivo Histórico Provincial.

“Fondo Filippini”:
Recordamos que la Subsecretaría de Cultura del Gobierno de La Pampa , junto a la familia Filippini, presentaron en septiembre del 2013, el material fílmico -digitalizado- de Domingo Mauricio y Domingo (h) Filippini, resultado de un minucioso trabajo realizado en el Archivo Histórico Provincial “Fernando E. Aráoz”.

Dicha digitalización corresponde al Programa “Conservación y Puesta en Valor del Patrimonio Documental: cambio de soporte” del Archivo Histórico Provincial, que tuvo por objetivos transferir documentación a un soporte más perdurable, y propiciar la preservación del documento conservando el valor informativo y jurídico de los originales. Es así que en el marco de este programa, se elaboraron los proyectos: “Fondo Filippini: digitalización de las fotografías y cambio de soporte de las películas”.

Domingo Mauricio Filippini nació en 1886 y se radicó en General Pico en 1912, donde tuvo una escuela – galería de fotos y el cine Belgrano Park. Le aportó fotografías a L. Brudaglio para su álbum gráfico de General Pico en 1915. Realizó películas publicitarias, documentales y algunos cortometrajes como “Carlitos en La Pampa” en la década del ’20 y “Lluvia de ceniza” en 1932. Distribuía películas de la Paramount y proyectores en La Pampa, Córdoba y provincia de Buenos Aires. Falleció el 23 de mayo de 1973.

Su hijo Domingo nació en General Pico el 27 de julio de 1916 y falleció en la misma ciudad el 30 de mayo de 2013, a los 96 años. Comenzó a sacar fotos a los 8 años con una cámara que le regaló su papá. Entre ambos documentaron fotográfica y fílmicamente la lluvia de cenizas volcánicas que cayó en la región en abril de 1932. También hizo cortos publicitarios y periodísticos, y publicidades con dibujos animados. En los comerciales cómicos actuaba el vecino piquense Juancito Costantino. Trabajó en el Belgrano Park, que se incendió en 1936. Fue fotógrafo del diario La Reforma e implementó un sistema técnico (clisés) con el que se podía publicar la foto de un hecho al día siguiente de que ocurriera, algo inédito en la zona.

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22 abril 2014 – 122 Aniversario de Santa Rosa. Muestra fotográfica Colección Enriqueta Schmidt

Con motivo de un nuevo aniversario de nuestra ciudad, el Archivo Histórico Municipal “Hilda Paris”, la Universidad Nacional de La Pampa (UNLPam) y la Fototeca Bernardo Graff del Archivo Histórico Provincial “Prof. Fernando E. Aráoz” presentan la muestra fotográfica “Tras las huellas del relato fotográfico de los “Primeros Pasos” de Santa Rosa”. Aportes para la conservación del patrimonio cultural pampeano. La propuesta consiste en una Selección de fotografías y documentos pertenecientes a la Colección Fotográfica “Enriqueta Schmidt”, que fuera rescatada y puesta en valor mediante la realización del Proyecto de Extensión Universitaria realizado por la UNLPam en 2006 – 2008.

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Las primeras décadas de nuestro pasado, personajes, lugares, acontecimientos sociales, vida cotidiana y costumbres podrán apreciarse en el hall de la Municipalidad de Santa Rosa, a partir de las 10 hs. del día 22 abril hasta el 2 de mayo de 2014.

Pedro Monmany. Fotografía de prensa y memoria social en Sudamérica

Nos he grato compartir con ustedes lo hecho por el blog Americano – Suplemento especial del magazine on line Por una convivencia urbana posible (FEPSU), quienes rescataron la historia del fotógrafo catalán y en consecuencia las investigaciones realizadas años atrás por esta fototeca, en pos de la identificación de los pioneros del arte fotográfico en La Pampa. Vínculo a la nota: Fotografía de prensa y memoria social en Sudamérica

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Prueba de amor

Los Filippini filmaron y fotografiaron la caída de ceniza volcánica de 1932.

Los Filippini filmaron y fotografiaron la caída de ceniza volcánica de 1932.

El logro en esta nota de Estela Filippini, reside en parte en su condición de testigo privilegiada como nieta de Domingo Mario e hija de Domingo Filippini, fotógrafos radicados en General Pico y autores de la obra fotográfica documental más grande de La Pampa. Por otro lado,  el contenido y estilo de la autora,  consiguen acercarnos al contexto histórico, al trabajo cotidiano en el estudio y en el taller de fotografía, así como también a los propósitos, sueños y afectos que movilizaron a sus legendarios productores.

UNA PRUEBA DE AMOR

En un conocido ensayo en el que explora los nexos entre lo real y lo imaginativo, Borges recuerda una particular cita de Coleridge: “Si un hombre atravesara el Paraíso en un sueño, y le dieran una flor como prueba de que había estado allí, y si al despertar encontrara esa flor en su mano…entonces ¿qué? “.

Conocí a un hombre que atravesó la pampa en un sueño, y que al despertar encontró en sus manos la prueba irrefutable de que su viaje había sido cierto: un interminable manojo de imágenes que se constituyeron en una ilusión tan poderosa que desde hace más de un siglo condicionan, a su modo, las representaciones sociales de nuestro entorno pueblerino y pampeano.

Es muy probable que esta circunstancia haya estado muy lejos de sus ambiciones o voluntad de fotógrafo, sin embargo abre la discusión acerca del lugar y el alcance de sumétier, y de las inesperadas consecuencias de haberse entregado a él obsesivamente y con una pasión admirable.

MINUCIOSO RECUENTO

Las fotografías que componen la Colección Filippini, tomadas por mis abuelos primero, y luego por mi padre,  van desde la mítica foto de la fundación de 1905 hasta las últimas del estudio, a finales de la década del ’80, y son el minucioso recuento de la vida de una ciudad y  una región, y su gente, sus costumbres, sus modos de vida,  las épocas que atravesó con diversa suerte, sus hitos históricos,  sus esperanzas, decepciones  y  realizaciones.

Prevalece en ellas la idea del documento, asociada con fuerza al concepto de verdad y a la presuposición de la existencia de una objetividad que a su vez  era un valor reconocido universalmente.  Seguramente nadie ponía en duda, en los años tempranos de la historia de General Pico,  que esas imágenes fueran una representación de la realidad “tal cual es”.

MOSTRAR LA AMÉRICA

Los relatos familiares cuentan que en los inicios, los principales clientes de la incipiente Casa de Fotos Venus- así se llamó cuando fue  inaugurada en 1912- eran los gringos que querían fotografiarse en el campo rodeados de braceros y  bolsas de granos apiladas frente a los galpones simbolizando el  éxito de las cosechas, o en familia,  frente a sus casas en plena construcción, y  en las huertas y patios con sus hijos nacidos en Argentina , junto a sus recientes adquisiciones, casi siempre un automóvil o herramientas de labranza.  El objetivo explícito era “mostrar”, a los parientes que habían quedado en Europa, cómo progresaban en la nueva tierra.

La película filmada por Filippini padre en 1928 a pedido de la colectividad española para enviar a la Feria de Sevilla, es también el resultado de esa necesidad de exhibir los logros del trabajo de los inmigrantes españoles en esta parte del mundo. En ella se muestran las calles céntricas,  las fábricas de los alrededores, el movimiento incesante de carros y coches, se ven multitudes sentadas a las mesas de los bares del centro, los frentes de los comercios,  los profesionales y las autoridades de la época en sus lugares de trabajo, las instalaciones del ferrocarril, el telégrafo, el hospital, los  clubes, y todo el quehacer de una ciudad que hace gala de su pujanza, su prosperidad y su capacidad para crecer.

FOTOS DE ESTUDIO

Más adelante, ya devenida Fotografía Filippini e instalada desde 1915 en su lugar definitivo de la calle 20, se intensificó, en razón de las demandas de la época, la foto de estudio. Comenzó así el permanente desfile de recién casados, niños pequeños, comuniones, quinceañeras y familias que concurrían a realizarse la tradicional foto de ocasión.  Las “caritas” primero, luego las “siluetas” y las extraordinarias novias de los años ’50 en adelante,  pasaron a ser los clásicos de la Casa de Fotos. El salón de exposición, con dos puertas a la calle  en los extremos que permitían un paso cómodo por el lugar y un espacioso banco para descansar, era la visita obligada de los fines de semana. Todos iban allí a ver, a verse y saberse vistos.  Era todo un acontecimiento haber sido elegidos por Filippini para que la propia  imagen estuviera exhibida allí durante una larga temporada. La galería de fotos, ese soporte de publicación más evolucionado que el álbum que se guardaba celosamente en los hogares, logró abrir otro canal de lectura de las imágenes que se imprimió con fuerza en el imaginario de un pueblo pequeño como el General Pico de las primeras décadas y continuó hasta comienzos de los ’90.

VIDA SOCIAL

Todavía la visita al estudio era una práctica social obligada y la concurrencia del fotógrafo profesional al ámbito privado era la forma más valorada para tener registrados los sucesos familiares y sociales.  Por tanto, en ese contexto el salón de exposiciones adquiría un valor similar al que hoy ocupan las redes sociales, tan cuestionadas por el supuestamente novedoso componente narcisista que implican y que sin embargo no difieren demasiado de aquellas muestras de fotos tan apreciadas por los piquenses y pampeanos de la época, para quienes formar parte de esas colecciones era un hito en su vida social. Las fiestas de casamiento, cumpleaños, comuniones, compromisos y otras del entorno hogareño se hacían públicas en esas exposiciones y  se convirtieron en el objeto de deseo de aquella sociedad pueblerina.

EXPOSICIÓN

Profundizando el uso del soporte-exposición, en el año ’55 mi padre, con la ayuda de mi madre, decide realizar la primera muestra retrospectiva de fotografías documentales de la ciudad con motivo del 50° aniversario de su fundación. El salón se engalana con las fotografías más emblemáticas y preside la exhibición la foto mural que muestra la colocación de la piedra fundamental.  Es la primera vez, hasta donde sé, que se exponen las fotos de la colección con la intención expresa de realizar un relato histórico del devenir de General Pico. Si bien las fotografías existían, y esto era de público y notorio, aparece aquí la intencionalidad de mostrarlas en un continuum histórico, como una narración.

Según sé, las fotografías se elegían por su calidad técnica, pero también por su capacidad para reconstruir la historia del pueblo.  Yo era muy niña en esa ocasión, pero en casa se habló durante  mucho tiempo de esa exposición que fue muy significativa, porque el deseo de mi padre era, una vez más, “mostrar” las imágenes que hacían de su querida ciudad un lugar especial. Si algo rescato de aquellos años, es ese orgullo auténtico que mi padre y mi abuelo sentían por La Pampa y en particular,  por el pueblo que tanto amaban.

EL TALLER

En la Casa de Fotos, detrás del Despacho, que era el lugar de atención al público, estaba lo que llamábamos el taller. Allí se retocaba, se cortaban los passepartouts,  se armaban los marcos, se preparaban los álbumes, y se realizaba la infinidad de tareas que constituyen la labor de un estudio fotográfico.  Era una especie de lugar mágico donde el trabajo era permanente, al que los amigos y parientes tenían acceso  y también nosotros, los niños y nuestros compañeros de juegos.  El taller era el corazón de la casa y de nuestra vida.

Estaba iluminado intensamente por la luz cenital de una claraboya inmensa que abarcaba la totalidad del techo y  que en verano se cubría con unas  lonas blancas que se deslizaban por  un sistema de alambres, corriéndolas desde abajo con unos bastones de madera larguísimos, para atemperar el calor. Allí la actividad, incesante, era amenizada por los tangos, los pasodobles, los foxtrots  y rancheras  que sonaban, a horarios restringidos, desde una inmensa  radio de madera.

AMAR LO PROPIO

Fue  en ese recinto lleno de voces, músicas, proyectos, pasión por el trabajo, expectativas y logros, donde  yo aprendí a amar mi tierra y mi ciudad.  Las fotos, viejas y nuevas, desfilaban permanentemente y todo era motivo de comentarios, relatos, historias de personas conocidas y desconocidas.  Cada rostro que aparecía, cada recoveco que las imágenes traían de los  caminos de la pampa, de cada árbol que iba creciendo o se plantaba, de los médanos,   las lagunas, las nevadas, los caldenes, las estancias y las chacras, todo tenía una historia que podía contarse, con lujo de detalles, a veces con picardía y siempre con  inmensa satisfacción. Allí percibí, como solo puede percibirlo un niño, los amores y las antipatías de mis mayores, sus códigos de amistad, sus tradiciones, pero por sobre todo, el orgullo de saberse parte de la historia de esta pampa y esta ciudad que  habían visto crecer y cuyos entresijos conocían como pocos.

MOMENTO HISTÓRICO

Seguramente  aquella exposición del  ’55,  de la que por tanto tiempo  se habló en casa, fue uno de los momentos culminantes de la historia de la Colección Filippini. Mi padre había comenzado a realizar series de fotos  a lo largo de los años volviendo a las mismas esquinas, casas, comercios e instituciones que ya habían sido fotografiadas por su padre, ubicándose  en el lugar exacto a horas similares, y fue completando el registro. Es vidente que era un proyecto compartido entre padre e hijo, pues mi abuelo, que había venido en 1912,  hacia 1915  había logrado integrar a su archivo  las placas que iban de 1905 a 1911, que solicitó y le fueron obsequiadas por el diario La Nación de Buenos Aires.

Dice Maupassant en el prólogo a su novela Pedro y Juan: “… la vida está compuesta por cosas totalmente diferentes, las más imprevistas, las más contrarias, las más contrapuestas; es brutal, sin sucesión, sin encadenamiento, repleta de catástrofes inexplicables, ilógicas y contradictorias, que deben clasificarse en el capítulo de los «sucesos corrientes». (…)  el artista, una vez elegido su tema, tomará tan sólo, de esta vida repleta de contingencias y casualidades, los detalles característicos útiles a su argumento, y rechazará todo lo demás, todo cuanto quede al margen de él”.

LA FOTO MÁS TRISTE

Sabemos que la vida de los pioneros nunca es sencilla.  Hubo épocas de bonanza pero también de escasez,  de revueltas, sequías intensas, dolores, traiciones, abandonos, retrocesos.  No es fácil construir una patria.  Tal vez la foto más triste para mi abuelo haya sido la que tomó desde el techo de su casa, cubriendo la llegada a Pico de la noticia de la caída de Irigoyen. Ese fue un día trágico para él, y queda la imagen, muy diferente de  las otras, de una multitud oscura y desencuadrada, apiñada frente a las pizarras del diario  La Reforma.

Sin embargo, en las fotos que componen la colección campean el optimismo, la mirada esperanzada, la certeza de que siempre habrá tiempos mejores. La pobreza no parece tan dramática, el sueño de un futuro mejor siempre está ahí, omnipresente, con los anarquistas cortando las vías a la altura de la calle 19 y 24, las   Romerías Españolas y los bares del centro, los niños con sus disfraces y sus carrozas en los Carnavales,  las escuelas recién fundadas, los vendedores ambulantes,  los desfiles patrióticos,  los gallegos en sus bares y negocios y los gringos luchando en el campo.

Sin esa selección a la que alude Maupassant,  la vida, que no tiene lógica aparente y es un absurdo aterrador, sería imposible de ser  vivida. Son esos relatos organizados según la voluntad de los hombres y mujeres comunes o los artistas los que confieren sentidos al caos que es la existencia.

PRUEBA DE AMOR

De  la Colección Filippini perduran unos 16.000 negativos y placas.  Es fácil deducir que en el transcurso de unos ochenta años se hayan tomado muchísimas más fotografías, y que las que hoy integran la colección son las que han sobrevivido a una edición previa, seguramente realizada por mi padre y mi abuelo.

Las que subsisten son la más bella prueba de amor a la tierra que mis antepasados pudieron dejar. Conforman el relato de una ciudad romántica, atada a la idea de progreso, animosa, fuerte, con un presente vigoroso y un porvenir ilimitado. Era esa la idea que sobrevolaba aquellos días de trabajo intenso en el taller.  El futuro estaba lleno de promesas, y sólo se necesitaban brazos valientes y perseverancia para alcanzarlo. Nada parecía imposible.  El trabajo como una pasión  y  la ciudad como el espacio amado eran la garantía de que los sueños se realizarían. No había allí imposibilidades ni límites, solo la certeza de la prosperidad indefinida.

Y al fin y al cabo, las fotos que deliberadamente han  quedado de esas visiones de mis mayores son como la rosa de Coleridge: vienen de un viejo sueño donde la pampa es el Paraíso y son la prueba de que ese paraíso existió, dejándonos el sabor esperanzado de que, aunque no lo hayamos visto, con ellas  lo podremos revivir.

Estela Filippini (15 de septiembre de 2013. Suplemento cultural Caldenia del Diario La Arena).

Exposición de fotografías en el local comercial de los Filippini, con motivo del cincuentenario de General Pico, en 1955.

Exposición de fotografías en el local comercial de los Filippini, con motivo del cincuentenario de General Pico, en 1955.

Amelia Castagnone, prima hermana de Domingo "Poroto" Filippini.

Amelia Castagnone, prima hermana de Domingo “Poroto” Filippini.

A la izq. Domingo Filippini (padre), junto a Ferdinando Castagnone.  Al fondo, puede observarse el riguroso orden del archivo fotográfico.

A la izq. Domingo Filippini (padre),junto a Ferdinando Castagnone. Al fondo, puede observarse el riguroso orden del archivo fotográfico.

Domingo "Poroto" Filippini en su estudio.

Domingo “Poroto” Filippini en su estudio.

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“Es preciso ser absolutamente modernos”

Arthur Rimbaud

El año 1907 no podría haber comenzado mejor para los habitantes de la ciudad, que veían en todo cuanto ocurriese símbolos de modernidad y progreso. El 6 de enero entra a la estación a las 9:29 de la mañana el primer tren “rápido” que, en poco más de diez horas, cubría el trayecto entre Santa Rosa y Buenos Aires.

El pensamiento positivista de la época queda ilustrado al introducirse en una crónica de La Capital comentando la presencia de dos corresponsales de la revista Caras y Caretas, quienes –dice el diario-, no salen del asombro ante tanto “progreso y adelantos” que muestra el Territorio.

Es precisamente ésta visita la que influirá en el joven fotógrafo Pedro Monmany para incursionar en una especialización que recién comenzaba a tomar forma. La aparición de nuevas tecnologías aplicadas a las artes gráficas estaban haciendo florecer gran cantidad de publicaciones y revistas ilustradas y los periódicos se vieron obligados a incorporar imágenes informativas para no perder lectores.

A partir de 1908 el diario local comienza a publicar fotografías en sus tapas aunque no con demasiada frecuencia ya que no contaba con taller propio de fotograbado. Esta carencia se suplía enviando las fotografías a una imprenta de Bahía Blanca que confeccionaba los clichés y los reenviaba varios días después, siempre por medio del ferrocarril.

Pedro Monmany y Eugenio Sesmero, otro joven tan proclive a las aventuras como él, se lanzan por los campos y poblados de La Pampa para realizar una serie de crónicas periodísticas que el diario irá publicando alternadamente bajo el título “En viaje”.

Salimos de Castex el 4 del corriente, a las 9 am, haciendo un recorrido de más de tres leguas entre campos arados, en mucho de ellos brotando ya el trigo. Después recorrimos trozos de montes y de pampa, dedicados a la ganadería. Estos campos, aunque han sufrido con la sequía, mantienen los animales en regular estado de gordura.

A las 12 a m llegamos a un punto ubicado en el lote 20 de la letra D, sección I, donde dimos un descanso a los caballos y almorzamos suculenta gallina con que nos obsequió un amable criollo, de apellido Rivero, a cargo del puesto El Agual que está a setenta metros de profundidad; pero es buena. Más la Norte, en un paraje que denominan Pozo Hondo, por donde también pasamos el agua se extrae a los 106 metros de profundidad por medio de baldes volcadores, tirados a dos caballos, pues allí todavía no se han establecido molinos ni motores, que simplificarían abaratarían mucho esta operación.

En la tarde pasamos por el lugar que ocupó en otro tiempo la casa de negocios “La Proveedora” y que hoy está transformada en chacras.

Marchamos desde entonces entre campos arados. Nuevas colonias que se levantan a nueve y diez leguas de los ferrocarriles, a la espera que llegue el ramal del F. C. Del Oeste que pasará por Intendente Alvear y llegará al Lote 21 de la Letra A.

Llegamos hasta el ángulo Nor-Este del Lote 5 de la Letra C de la Sección VII, donde hace un mes ha instalado un boliche y casa de hospedage, un comerciante italiano venido de Meridiano V. Aquel boliche es la salvación de los viajeros y especialmente de nosotros, pues llegaba la noche, el frío arreciaba y teníamos la desgraciada perspectiva de pasar al raso o cobijados en un mal rancho donde los abugeros dejan pasar libremente la helada y las frías corrientes de aire.

Este boliche es el primero que se establece en la Colonia “La Elina”, establecida en los lotes 5 (mencionado) y 1 y 2 de la letra D Sección I, por los señores Chapeaurouge y Bernengo. Son 30.000 hectáreas, propiedad del señor Antonio Devoto. Allí está el agua desde 8 a 10 metros de profundidad, y aunque aún quedan algunas majadas de ovejas, se van colocando muchas chacras, varias de las que ya han sido roturadas y sembradas con trigos y otros se preparan para maíz.

En la parte Norte de esta colonia, está el lote 21 de la letra A Sección I, también del señor Devoto, a donde llegará el ramal férreo a que nos referimos más arriba y en el cual se formará un pueblo rodeado de chacras. El pueblo planteará inmediato a la estación terminal del ferrocarril, cuyo punto exacto aún no se conoce; pero ya están vendiendo chacras de 100 hectáreas a 100 pesos cada hectárea y a cómodos plazos. Quizás se denomina Calicurá, por ser ese el nombre de un monte próximo.

El campo es bueno, pastoso y el agua esta cerca y aunque hay algunas vetas de tosca, la mayor parte carece de este inconveniente para el cultivo de la alfalfa.

La noche del 4 al 5 fue crucial. El termómetro bajó hasta 6º grados bajo cero y la helada blanqueó los campos hasta la diez de la mañana siguiente.

Poco antes de las diez del 5, pusimosnos nuevamente en viaje hacia Parera, costeando el alambrado del lote 25 que pertenece al señor Jorge Duwdall, socio y gerente de la Barraca de Rancul y después de recorrer un poco más de 10 kilómetros entramos a la colonia “La Alfalfa”, ubicada en el lote 20 y en cuyo esquinero Noroeste está una casa de negocio que ofrece al viajero, su punto de descanso.

De allí a Parera, no hay más que tres leguas, que recorrimos entre alfalfares y terrenos cultivados, en muchos de los cuales el trigo está brotando, cubriendo el paisaje de un matiz simpático de verde claro, que alegra la vista. Las tierras de por aquí, se ven que son muy buenas, que a pesar que en cuatro meses apenas les ha caído algunas gotas de rocío a la vegetación se manifiesta ya, no exuberante pero sí ya más lozana que …… Se nota hasta humedad en estas tierras labradas. Se encuentra con grandes parbas de alfalfa…..las chacras, con rastrojos de …que se ha cosechado este año…en abundancia, en cantidad suficiente para salvar a los agricultores.

Los animales de trabajo y las haciendas que se ven, son gordas. El….que esto parece otro mundo.

(Continuará)

Simultáneamente, aprovecha sus frecuentes viajes con el cronista para conformar una importante colección de fotografías del Territorio que serían usadas en un proyecto más ambicioso: La Guía Ilustrada de La Pampa, un emprendimiento editorial que nunca llegó a imprenta pero que estuvo muy cerca de concretarse. Por esos días, el diario La Capital comenta que para dicho proyecto, Monmany ya contaba con un archivo personal de más de trescientas imágenes sobre todo tipo de actividades.

Entre 1908 y 1911 viajó por todo el norte y el este de la provincia, registró una buena cantidad de procesos fundacionales, las grandes estancias y la floreciente actividad rural. En Santa Rosa registrará el surgimiento de industrias mayores, como el molino de Bancalari, la primer usina; la obra pública, como el nuevo hospital y lo institucional, mayoritariamente temas relativos a la educación.

Monmany no limitará su actividad periodística al diario La Capital y se vinculará con la revista PBT, publicación de gran tiraje y de alcance nacional, competidora de Caras y Caretas, que lo nombrará corresponsal gráfico.

Es bueno recordar que por ese entonces la fotografía de prensa no se diferenciaba en nada de cualquier fotografía comercial producida por otros fotógrafos excepto por la intención o el contratante. Aún existían importantes limitaciones técnicas como para poder registrar “instantáneas” y las cámaras no eran lo suficientemente ligeras y maniobrables como para permitirle al fotógrafo demasiada libertad en sus movimientos.

Hubo que esperar varios años más, hasta la década de 1930, para que se impusieran las legendarias Leica, pequeñas, rápidas, confiables, portátiles, casi imperceptibles para el fotografiado y con película flexible en rollos, lo que permitió a la fotografía de prensa desarrollar un lenguaje propio y contundente bastante parecido al que aún subsiste en la actualidad.

Pero éste catalán es un volcán en erupción y comienza a dar por agotada esa etapa de su vida para embarcarse en un nuevo proyecto. En 1911 monta un estudio fotográfico de última generación al que le agrega una serie de novedades que causarán sensación en la capital del Territorio, pero de esto hablaremos en la próxima entrega.

Texto: Jimmy Rodríguez

Investigación: Guillermo López Castro y Jimmy Rodríguez

Fototeca Bernardo Graff / AHP

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Justo cuando comenzaba el siglo XX, llega a La Pampa un joven catalán que introducirá en el ámbito local un concepto absolutamente modernista de la fotografía. Hombre de aventuras, espíritu inquieto y personalidad desbordante, llevará una vida tan intensa como breve.

Nacido en Rubí, cerca de Barcelona en 1881, llega a Buenos Aires con sus padres y hermanos. Un típico conventillo de la calle San Juan, donde se hacinan inmigrantes de distintas lenguas, albergará a la familia de recién llegados.
Apenas mayor de edad, el inquieto Pedro Monmany abandona Buenos Aires y se encamina hacia las promesas de fortuna del promocionado nuevo territorio. Santa Rosa ya ostentaba el título de capital provisoria y, como sede del gobierno, se perfilaba como la mejor opción para quienes quisieran probar suerte tierra adentro.

A mediados de 1901, el joven Pedro llega y comienza a trabajar como dependiente en la farmacia Santa Rosa, del farmacéutico diplomado Luis Badía, tan catalán, practicante católico y de Rubí como los Monmany. Es muy probable que las familias se conocieran previamente y por eso el joven decidiera venir sobre el ofrecimiento de un empleo seguro. No tardará en sentirse atraído por la fotografía y en aprovechar las facilidades que ofrece una farmacia, por ese entonces equipadas como laboratorios químicos y con abundante stock de productos, para comenzar como aficionado.

En 1902, el diario La Capital acusa recibo de las fotos enviadas por Monmany a la redacción y lo mencionan por primera vez.
“Álbum fotográfico. Acusamos recibo de las siguientes fotografías cuyo regalo agradecemos. Estación General Lagos en el momento de entrar el tren que condujo al Gobernador Dr. Diego González., Chalet de Tomás Mason y jardín de su frente, tomado en perspectiva. Ambas vistas son instantáneas y muy ricas en detalles, tomadas por el joven Sr. Monmany.” (La Capital, edición del 18 de octubre de 1902).

Es de suponer que sus intentos como practicante venían desarrollándose desde un tiempo anterior y que obsequió las fotografías cuando ya había alcanzado una calidad aceptable.
Los obsequios de Monmany al diario (que no podía publicar fotografías pero en cambio las describía, tanto de jóvenes aficionados como de reconocidos profesionales) continuaron con frecuencia durante ése año y los subsiguientes.
La vida del fotógrafo dará un vuelco trascendental en 1904 cuando se casa con Teresa Badía, hija de su empleador y se hace cargo de un nuevo rubro en la farmacia, la sección “óptica y fotografía”, que no era otra cosa que un servicio de laboratorio para aficionados y la venta de insumos.
Éste año lo dedicará de lleno a la preparación de su lanzamiento como fotógrafo y comienza a realizar una extensa serie de postales sobre la ciudad, a frecuentar –y fotografiar- reuniones sociales favorecido por su vinculación familiar con los Badía, a viajar, con el mismo propósito, por los pueblos y visitar los establecimientos rurales más importantes del momento.

En mayo de 1905 aparece en La Capital el primer anuncio publicitario de Pedro Monmany que ya lo posiciona como profesional y que se mantendrá constante durante todo el año:

“Tarjetas postales ilustradas con vistas de localidades y parajes de La Pampa. Hay un surtido variadísimo y permanente en la sección Fotografía de la Farmacia Santa Rosa. Pedidos y encargos. P. Monmany”.

También en éste período consolidará su relación social y comercial con los sectores vinculados al poder político, religioso y educativo, fotografías que se encargaba de hacer llegar al diario y que éste describía detalladamente. Aun existen una buena cantidad de originales de su autoría dedicados a temas escolares y muchas de esas imágenes fueron utilizadas por la primer docente de Santa Rosa para ilustrar el relato histórico presentado en 1942 y que hoy conocemos como “colección Enriqueta Schmidt”.

Pero Monmany es un volcán en permanente erupción que no se contenta con nada y siempre va por más. Mientras se consolidaba como fotógrafo, abre, en sociedad con su hermano Ramón, recientemente arribado a Santa Rosa, el “Gran Bazar del Siglo”, que era peluquería, perfumería y venta de artículos para hombres. También allí colocará un escaparate, abundantemente publicitado en el diario, para comercializar su producción de postales. Se mantendrá alejado del comercio, que solo será atendido por su hermano mientras él se dedica cada vez más a la producción fotográfica.
Su relación de amistad con directivos y empleados del diario La Capital le permitió tomar contacto con el equipo periodístico de la revista Caras y Caretas cuando visitaron La Pampa en 1907. E. Holmberg, jefe de redacción, y el fotógrafo holandés Albert Voijtech prolongaron su estadía por algo más de una semana para concretar entrevistas y recorrer distintos puntos de la provincia.
Mientras, mantenían su base de operaciones en la redacción del diario local. Monmany, tan inquieto como atento, entendió de inmediato que ése era otro campo de la fotografía que valía la pena transitar y al poco tiempo se lanza de lleno para convertirse, a fines de 1907, en el primer reportero gráfico de La Pampa. Pero esto lo vamos a desarrollar en la próxima entrega.

Texto: Jimmy Rodríguez
Investigación: Guillermo López Castro y Jimmy Rodríguez
Fototeca Bernardo Graff /AHP