Alberto Meuriot (Biografía)

Fotógrafo y fundador pampeano 

Comentario: la reseña biográfica que exponemos,  fue realizada por el investigador Juan Gómez y cumple un doble propósito: identifica al fotógrafo fundacional de La Pampa y a su descubridor, el investigador José Carlos Depetris.
Introducción 

Muchísimos fotógrafos actuantes en el país, pasaron por la profesión sin pena ni gloria, otros muchos dejaron valiosos testimonios de su actividad permitiendo -en muchos casos- con sus fotografías recomponer la historia de pueblos, hoy ciudades, que, de otra forma hubiese sido imposible lograr. Los hubo, también muchos, que marcaron hitos muy importantes dentro de la fotografía argentina mereciendo por ello, extensas notas biográficas.

En nuestro caso, hemos recurrido a la figura de don Alberto Meuriot, no muy conocida todavía, porque la consideramos merecedora de un estudio más profundo ya que jalonan la misma, algunos hechos importantes que no pueden quedar sin reivindicación. No nos ha sido posible completarla en su totalidad, faltan algunos eslabones que -tal vez- puedan todavía ensamblarse en las propias ciudades donde transcurriera la mayor parte de su vida.

De todas formas, lo que de él se sabe, nos permitirá recomponer los momentos más importantes de su vida, especialmente en lo profesional, que es lo que más interesa a nuestra tarea. Hemos recurrido a su figura, porque es un caso típico de “fotógrafo del interior”, y lo decimos con todo el respeto, no queremos que pueda interpretarse esto en una expresión peyorativa, por el contrario, queremos cumplir así con una deuda que teníamos para con esos pioneros de los pueblos, de los más lejanos, en los que, con una valentía sin límites, en terrenos totalmente desconocidos para ellos en la mayoría de los casos, cumplieron una tarea ímproba, con tecnología primitiva, alejados de los centros de provisión de materiales y, con medios de comunicación muy deficientes por muchísimos años.

En su figura, intentamos rendir un homenaje a todos los que como él, dejaron su vida tras una dura profesión, frente a la incomprensión muchas veces, y que recién en los últimos años, se está intentando reivindicar como corresponde, investigándola con mayor profundidad, revalorizándola en muchos casos como un Arte, como un documento, o como un simple testimonio… 

La historia comienza en Rosario 

Corría el año 1873, Alejandro S. Witcomb -quien luego sería uno de los más  renombrados fotógrafos entre la sociedad porteño- desarrollaba por entonces su actividad profesional en un local ubicado en calle Córdoba 161, de la ciudad de Rosario. Desde su llegada 4 años antes, había iniciado un archivo fotográfico, especialmente de retratos y grupos familiares de la sociedad local.

Su actividad se desarrollaba en un ambiente de franca competencia, ya que eran 12 los estudios rosarinos que se disputaban el favor de la clientela no sólo local, sino de la propia capital santafecina que, al no poseer en ese tiempo estudios, frecuentaba Rosario para obtener “esos maravillosos retratos tan perfectos como los que se hacen en Buenos Aires”.

El trabajo era mucho, los operadores eran pocos, por eso cada profesional intentaba repartir sus tareas elementales contando con la colaboración de jóvenes adolescentes para que fueran asimilando rápidamente el trabajo con miras a utilizarlos como operadores, al tiempo que no se convertirían en competidores -al menos en los primeros años de aprendizaje-.

Apremiados por la necesidad, un matrimonio francés, oriundo de Poitou, cavilaba sobre la conveniencia de aceptar o no, una propuesta que le habían formulado.

Finalmente y no sin dolor, don Alfonso Meuriot -el jefe de familia- suscribía un curioso “contrato” con otro inmigrante como él, pero en este caso de origen inglés: Alejandro S. Witcomb.

Mediante este curioso acuerdo, se legalizaba una situación que -de hecho- ya existía desde algunos meses atrás y que, de alguna forma, decidiría en el futuro la vocación de su pequeño hijo Alberto: ser fotógrafo…    

En una interesante nota publicada -hace ya muchísimos años- en el diario San Luis (Pcía, de San Luis), hemos tomado conocimiento de los pormenores del acuerdo.

El menor -nacido en 1858- se comprometía a vivir en casa del señor Witcomb y éste -a su vez- se comprometía a “enseñarle el arte de la fotografía y pagarle como salario mensual, unos pocos pesos bolivianos (moneda fuerte por aquellos años).

El contrato además establecía -en otra de sus cláusulas- que “tendría una duración de dos años…’. Pero el pequeño Alberto, que contaba por entonces solamente 15 años, permanecería en total nueve años, colaborando en el Estudio del señor Witcomb.

Una característica de las familias francesas de entonces, era la educación en un ambiente de disciplina, por eso el ¡oven Alberto Meuriot puso su mejor entusiasmo y responsabilidad en la tarea y no tardó en descubrir los “secretos de la fotografía”. Así, como buen francés, se convirtió en pocos años, en uno de los más eficaces colaboradores de Witcomb, llegando inclusive a realizar con apenas 18 años, rtratos de galería con iluminación al estilo “Rembrandt” -imitando el claroscuro- tan particular en el famoso pintor holandés.

Esta capacidad del ¡oven fotógrafo, haría que Witcomb pusiera toda su confianza en él, retribuyéndole con creces la dedicación que había puesto en superarse en el oficio y, considerándolo uno de sus “hombres de confianza”.     

 Ahora continúa en Buenos Aires… 

Es conocido que Witcomb se trasladó en e! año 1878 a Buenos Aires, al adquirir gran parte de la Galería que -por entonces- explotaba el portugués Christiano Junior en la calle Florida. En su llegada a la gran ciudad, no podía faltar el joven colaborador y por eso, lo trajo consigo a Buenos Aires.

El novel profesional, se adecuaría muy pronto al estilo porteño, al punto tal que su empleador, viendo la solvencia con que se manejaba, solía dejarlo al frente del negocio en sus habituales viajes a Rosario o al Uruguay.

Fue tan así, que inclusive Alberto Meuriot quedó por un tiempo solo al frente del estudio, en los trágicos días de la Revolución de 1880 encabezada por Carlos Tejedor -uno de los aspirantes al sillón presidencial- en e! mes de abril, regresando casi dos meses después…     

Un amigo del Estudio Witcomb -el Dr. Benjamín Duponh- médico francés radicado en la Argentina desde 1875, quien había prestado servicios como cirujano en la guarnición de Villa Mercedes (San Luis) y también participado en la “Campaña del Desierto” en la columna del Gral. Racedo, había entusiasmado al joven Meuriot para que probara fortuna como fotógrafo, trasladándose al interior de país. Ocurría que el Dr. Dupont, radicado ahora también en Buenos Aires, tenía instalado su consultorio médico en los “altos” de una casa ubicada en la ya famosa calle de Las Artes y Cangallo. Es decir, en pleno “barrio de los fotógrafos” del centro porteño; la vecindad de los profesionales de la cámara, lo habían hecho un asiduo visitante a las tertulias que solían hacerse “después de la caída del sol” tanto en lo de Witcomb, como en lo de Loudet (otro caracterizado estudio porteño) ubicado en calle de La Piedad 450.

Las aventuras militares que había vivido en la “frontera del indio”, los vaivenes de la política interna nacional, narradas en rueda de amigos, entusiasmaron al joven fotógrafo que, finalmente, se decidió ir a conocer la tierra de los “ranqueles” en la frontera del Sur.

A fines de 1881, decide tomarse unas merecidas vacaciones y se traslada a Río Cuarto (Pcia. de Córdoba) donde estaba radicada su familia. También vivía allí una ¡oven a quien frecuentaba por carta y, aprovechando el viaje, finalmente decidieron concretar el casamiento.

Otra de las decisiones que adoptó -tal vez la más importante- fue no volver más a su trabajo con Witcomb, dispuesto como estaba a probar fortuna en la ya por entonces importante ciudad cordobesa que, inclusive, contaba con ferrocarril que la comunicaba con otras ciudades vecinas.

Por ese mismo tiempo, el Gral. Racedo, ultimaba los preparativos para realizar una nueva excursión al territorio pampeano, con el fin de contener las invasiones indígenas que -frecuentemente- llegaban desde el sur.

El joven Meuriot, con sólo 24 años y unas tremendas ganas de aventura, aprovechando su vinculación con el Dr. Dupont, visitó al militar mencionado y finalmente logró que lo enrolaran como “fotógrafo oficial” en la expedición que, en días nomás, saldría hacia esa zona, al mando del coronel Ernesto Rodríguez por entonces Jefe de la Frontera Sur de San Luis.
En los primeros días de febrero partía la columna conformada por militares, “indios amigos” como baqueanos, futuros colonos y sus respectivas familias.    

El día ó de febrero de 1 882, el Cnel. Rodríguez enviaba una comunicación al Jefe máximo destacando “el avance de esta línea hacia Poitahué, despertando el interés de los pobladores rurales y numerosas estancias que ya han estado levantándose en la zona, preparándose para poblar la costa sur del río Quinto…”.

Finalmente la columna toma posesión de un lugar ya previsto con anterioridad concretando el día 12 de febrero de 1 882, la Fundación de un nuevo pueblo que llevaría por nombre Victorica, conformando las primeras 24 manzanas, mitad pueblo, mitad fuerte… y entre sus fundadores, se encontraba como es lógico nuestro personaje, registrando fotográficamente con su cámara de viaje las primeras placas de vidrio de la que sería la primera población pampeana. Durante muchos años, no se tuvo un conocimiento pleno de la existencia de constancias fotográficas de la tarea de nuestro fotógrafo y fundador. Se hablaba que existieron, pero nunca antes habían sido publicadas.

Hace un par de años atrás surgieron las primeras evidencias por inquietud de investigadores pampeanos:

José Depetris en primer término, secundado luego por Walter Cazenave. Depetris, ubicó en el Archivo del Convento franciscano de la ciudad de Río Cuarto, una serie de fotografías que analizadas, resultaron inherentes a la fundación del pueblo de Victoríca.

Pudimos saber recién el año pasado, que conformaban un total de 17 imágenes blanco y negro que, aunque no tienen firma, pertenecerían incuestionablemente a la realización de Alberto Meuriot, por la fecha de tomas, por los lugares registrados y por haber sido el único fotógrafo que pudo estar presente en ese evento. Además, agregan los investigadores que las fotografías reflejan tipos y paisajes de la propia columna fundadora, del camino recorrido hasta arribar al lugar. Inclusive algunas, mostrando el emplazamiento del “nuevo pueblo” y sus alrededores. Además, son las únicas imágenes conocidas de la época fundacional y sus protagonistas, tanto civiles, como militares e indígenas.Un detalle más amplio de este material, aportaría seguramente nuevas evidencias para corroborar la autoría, pero escapa a nuestro propósito de hoy, que se propone detallar los aspectos biográficos de este profesional de la fotografía. Quienes deseen profundizar su estudio, recomendamos incursionar en algunos de los referentes bibliográficos que se detallan al final de este trabajo.

Simplemente como una prueba referencia!, indicaremos los títulos y contenido de cada una de las 17 fotografías atribuidas a Meuriot: 

1) La alegre. Campamento de indios.

2) La Alegre. Campamento del Gral. Racedo.

3) El Cuero. Campamento de indios.

4) Nueve aguas (Aillancó). Parte del campamento del Cnel. Rodríguez.

5) Médano colorado. Vista de la laguna, tomada desde el norte.

ó) Leubucó. Praderas, orillas del monte.

7) Leubucó. Parte baja tomada desde el este.

8) Leubucó. Vista general, tomada desde el sur.

9) Recinas. Médanos y aguadas, tomadas del oeste.

10) La Recina. Vista general del nuevo pueblo.

11) Las Recinas. Nuevo pueblo de Victorica.

12) Victorica. Cuartel provisorio del regimiento y caballería. Departamento de las familias.

14) Las Recinas. Nuevo pueblo de Victorica, tomada del sur.

15) Recinas. Médanos tomados desde el este.

16) Recinas. Aguada, aba¡o cuatro cuadras del pueblo.

17) Nuevo pueblo de Victorica. Departamento de familias. 

No se conocen evidencias de que Meuriot volviera al pueblo que ayudara a fundar, seguramente que si lo hizo, su espíritu andariego sin duda lo debió llevar a él, en más de una oportunidad -tal vez por sus tareas profesionales-. Supimos sobre su futuro sí, que en el año 1 885 se encontraba operando en la ciudad de Río Cuarto -aunque en forma no afincada- según un aviso publicado en ía Voz de Río Cuarto, anunciaba: “…en forma transitoria estaré en esta ciudad para hacer retratos por el sistema Gelatino Bromuro con sólo un segundo de pose en mi local “La Fotografía Artística”.

Esto evidencia que, al menos por ese tiempo, se mantenía informado de los avances de la técnica fotográfica, ya que el sistema que promovía, si bien ya era conocido, era incipiente aún en el interior del país.

Evidentemente su espíritu itinerante -por otra parte muy propio de los profesionales de la fotografía de su tiempo- lo llevaron a probar suerte en otras ciudades, operando alternativamente tanto en Córdoba, como La Pampa y San Luis. No obstante, agradecido y fiel a sus comienzos como “profesional independiente”, volvía a Río

Cuarto en forma por demás reiterada.

En 1890, nuevamente anunciaba que “reabriré las puertas de mi estudio fotográfico” mediante avisos que publicaba siempre en La Voz de Río Cuarto. Sin embargo, la crisis económica que culminó en 1890, obligó a Meuriot a intentar nuevas posibilidades y así, se encaminó a Bolivia -atraído sin duda por las riquezas que se explotaban allí, derivadas de los minerales- para volver en pocos meses a su preferido “refugio cordobés”.

En 1892 -a comienzos de este año- nuevamente lo ubicamos en camino hacía el Altiplano, al llegar a Villa Mercedes (San Luis) -lugar que ya conocía- decidió quedarse allí, atraído por la presencia de una ya importante colonia de franceses que vivían dedicados a las tareas rurales.

Así, terminarían por un tiempo, sus continuos viajes y giras cansadoras. 

Su larga permanencia en Villa Mercedes 

Evidentemente, en esta ciudad, la suerte lo trataría bien. Además de inaugurar el Primer estudio fotográfico que tuvo la ciudad (instalado), su permanencia se prolongó por muchísimo años. Ampliándose su familia con el nacimiento de dos hijas y conformando con su actividad un prestigio que lo llevó a alternar en los medios sociales más destacados de la comunidad puntana.

Así transcurrieron los años de tranquilidad para este profesional que, dotado de una excelente escuela técnica y un admirable don de gentes, supo hacerse de grandes amigos entre la intelectualidad de esa -por entonces- progresista colonia. Ese don de gentes, y su gran amor por la “ciudad adoptiva” lo llevaron a que fuera distinguido como Concejal en el Municipio local. Cumplido su mandato, siguió atendiendo a sus muchos clientes, siempre en su estudio ubicado en la calle Lavalle N9 221 del centro de la ciudad. Este nuevo estilo de vida, más pausado, lo fueron alejando de la información técnica que llegaba de los principales países productores de material fotográfico, era un profesional competente pero no tan informado de lo que ocurría en los grandes centros fotográficos del país. Así, si bien seguía atendiendo con solvencia sus muchos seguidores, la llegada de otros profesionales con nuevas inquietudes, lo fueron relegando a un segundo plano comercial.

Nuevas galerías, mucho más modernas, dotadas de elementos de iluminación sofisticados, fueron cercándolo a una actividad irrelevante y así, después de más de 40 años de labor, perdida su juventud, Alberto Meuriot fue mermando día a día en sus ingresos.

Sus fuerzas no respondían ya para soportar nuevos viajes, transportar sus pesados equipos y así, las necesidades de su hogar -que había sabido de muy buenas horas por años- comenzaron a acentuarse cada día más.

En franca lucha contra la adversidad, vencido por una debilidad senil, que iba apagando su entusiasmo en forma irreversible, fue cumpliendo las últimas etapas de

su vida. Sólo quedaban en las tradicionales familias “mercedinas”, “riocuartenses” y de otras poblaciones cercanas, sus cartones con los retratos impecables de su época de esplendor.

En 1 936, con casi ya 80 años de edad y -prácticamente- imposibilitado para seguir luchando por la vida, sin su estudio, con la vista muy deficiente, intentó capear la situación dedicándose al “retoque de negativos” para otros profesionales. Tarea que conocía a la perfección y que había cumplido con singular solvencia en sus años de juventud; procuraba de esta manera aportar unos pocos pesos o sus alicaídas finanzas. 

Con su hija Teresa a su lado -cuidándolo con tremendo amor- pero sin poder trabajar, pese a tener estudios que la capacitaban para ocupar tareas de responsabilidad, solían contar a los amigos que llegaban para consolarlos, todas sus desdichas y su incapacidad para superarlas. Era lamentable para un hombre de su condición y trayectoria que, después de haber conocido todos los halagos profesionales, soportar con honrosa pero injustificada miseria. Esta situación obligó a su hija a buscar nuevos horizontes en otro lugar. 

Meuriot en Buenos Aires

Decidido un traslado a la Capital, dejaron el archivo Meuriot -conformado por cientos de placas de vidrio, y fotografías papel- a un señor de apellido Anselmi, cuando éste falleció, su viuda, ante la imposibilidad de conservarlo y, desconociendo su valor documental lo entregó a un comprador de “trastos viejos”. Aparentemente de allí, pasó a formar parte del archivo de don Guido Perinelli un recordado fotógrafo italiano que había desarrollado actividades profesionales desde 1 922 en Villa Mercedes (San Luis).

Perinelli lo conservó responsablemente junto con sus negativos propios hasta su muerte. Luego como suele ocurrir habitualmente, hasta que se tenga una verdadera conciencia conservacionista, los que quedaron no supieron interpretar el valor de esas placas y, sin pensar siguiera en donarlas a un Museo o cualquier biblioteca, decidieron que pasaran a formar parte del más grande repositorio nacional de la fotografía: el tacho de la basura.

De allí que lo que ha quedado de la obra de Meuriot es muy poco, se encuentra generalmente en manos de familias tradicionales -sus antiguos clientes- y en alguno que otro repositorio no demasiado especializado en material de la zona.

Sobre los últimos pasos de don Alberto Meuriot no se tienen demasiado precisiones, junto a su hija, pasaron a vivir por la zona de Barracas, y ésta se  empleó en una fábrica de golosinas del barrio. Son las únicas referencias que hemos podido ubicar.

Conocida la historia, intentamos ubicar material realizado por Meuriot, no ha sido mucho, pero si lo suficiente -sumado al reciente hallazgo- para permitirnos evaluar la profesionalidad y el respeto por el oficio.

Su nombre -no obstante- no ha trascendido en la medida que, creemos, lo merece, por eso hoy, frente al reciente trabajo de investigación realizado en Río Cuarto, no podemos menos que sentirnos reconfortados por esta tardía pero justa reparación histórica de su obra. Estamos seguros que se confirmará la autoría de las 17 fotografías y así, don Alberto Meuriot, será totalmente reivindicado como corresponde.

No caben dudas que fue uno de los grandes autores de la fotografía argentina, uno de los tantos que supieron transitar esas rutas ocupadas antes por los “ranqueles”, sembrando a su paso no sólo las semillas de la colonización, sino también, haciendo perdurar en el tiempo los rostros de esos antiguos pobladores que con su presencia, ayudaron a forjar el futuro de nuestra Patria. 

BIBLIOGRAFIA Y PERSONAS CONSULTADAS: 

Diario San Luis, Villa Mercedes, San Luis.

Diario La Voz de Río Cuarto, Córdoba.

Revista Correo Fotográfico Sudamericano, Buenos

Aires.

Referencias verbales del señor Hugo Gez que mucho agradecemos.

Referencias escritas del señor Carlos Mayor Laferrere,

Río Cuarto, que también agradecemos sinceramente.

Referencias escritas de la licenciada Sra. Graciela Hornia, Santa Fe, que nos sirvieron en mucho para ampliar nuestro trabajo.

Diario La Arena, Santa Rosa, La Pampa.

Autoridades del Archivo del Convento Franciscano, Río Cuarto, Córdoba.

Trabajo elaborado por los Sres. José Depetris y Walter Cazenave para las Jornadas de Historia y Cultura Ranquelina, Santa Rosa, La Pampa, 1994; La Fotografía en la Argentina, su historia y evolución en el siglo XIX, 1840-1899, Juan Gómez, Buenos Aires, Editorial Abadía, 1986.

Archivo privado del autor de este trabajo. 

Investigación de Juan Gómez (Temperley – Bs. As. Argentina)

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