Prueba de amor

Los Filippini filmaron y fotografiaron la caída de ceniza volcánica de 1932.
Los Filippini filmaron y fotografiaron la caída de ceniza volcánica de 1932.

El logro en esta nota de Estela Filippini, reside en parte en su condición de testigo privilegiada como nieta de Domingo Mario e hija de Domingo Filippini, fotógrafos radicados en General Pico y autores de la obra fotográfica documental más grande de La Pampa. Por otro lado,  el contenido y estilo de la autora,  consiguen acercarnos al contexto histórico, al trabajo cotidiano en el estudio y en el taller de fotografía, así como también a los propósitos, sueños y afectos que movilizaron a sus legendarios productores.

UNA PRUEBA DE AMOR

En un conocido ensayo en el que explora los nexos entre lo real y lo imaginativo, Borges recuerda una particular cita de Coleridge: “Si un hombre atravesara el Paraíso en un sueño, y le dieran una flor como prueba de que había estado allí, y si al despertar encontrara esa flor en su mano…entonces ¿qué? “.

Conocí a un hombre que atravesó la pampa en un sueño, y que al despertar encontró en sus manos la prueba irrefutable de que su viaje había sido cierto: un interminable manojo de imágenes que se constituyeron en una ilusión tan poderosa que desde hace más de un siglo condicionan, a su modo, las representaciones sociales de nuestro entorno pueblerino y pampeano.

Es muy probable que esta circunstancia haya estado muy lejos de sus ambiciones o voluntad de fotógrafo, sin embargo abre la discusión acerca del lugar y el alcance de sumétier, y de las inesperadas consecuencias de haberse entregado a él obsesivamente y con una pasión admirable.

MINUCIOSO RECUENTO

Las fotografías que componen la Colección Filippini, tomadas por mis abuelos primero, y luego por mi padre,  van desde la mítica foto de la fundación de 1905 hasta las últimas del estudio, a finales de la década del ’80, y son el minucioso recuento de la vida de una ciudad y  una región, y su gente, sus costumbres, sus modos de vida,  las épocas que atravesó con diversa suerte, sus hitos históricos,  sus esperanzas, decepciones  y  realizaciones.

Prevalece en ellas la idea del documento, asociada con fuerza al concepto de verdad y a la presuposición de la existencia de una objetividad que a su vez  era un valor reconocido universalmente.  Seguramente nadie ponía en duda, en los años tempranos de la historia de General Pico,  que esas imágenes fueran una representación de la realidad “tal cual es”.

MOSTRAR LA AMÉRICA

Los relatos familiares cuentan que en los inicios, los principales clientes de la incipiente Casa de Fotos Venus- así se llamó cuando fue  inaugurada en 1912- eran los gringos que querían fotografiarse en el campo rodeados de braceros y  bolsas de granos apiladas frente a los galpones simbolizando el  éxito de las cosechas, o en familia,  frente a sus casas en plena construcción, y  en las huertas y patios con sus hijos nacidos en Argentina , junto a sus recientes adquisiciones, casi siempre un automóvil o herramientas de labranza.  El objetivo explícito era “mostrar”, a los parientes que habían quedado en Europa, cómo progresaban en la nueva tierra.

La película filmada por Filippini padre en 1928 a pedido de la colectividad española para enviar a la Feria de Sevilla, es también el resultado de esa necesidad de exhibir los logros del trabajo de los inmigrantes españoles en esta parte del mundo. En ella se muestran las calles céntricas,  las fábricas de los alrededores, el movimiento incesante de carros y coches, se ven multitudes sentadas a las mesas de los bares del centro, los frentes de los comercios,  los profesionales y las autoridades de la época en sus lugares de trabajo, las instalaciones del ferrocarril, el telégrafo, el hospital, los  clubes, y todo el quehacer de una ciudad que hace gala de su pujanza, su prosperidad y su capacidad para crecer.

FOTOS DE ESTUDIO

Más adelante, ya devenida Fotografía Filippini e instalada desde 1915 en su lugar definitivo de la calle 20, se intensificó, en razón de las demandas de la época, la foto de estudio. Comenzó así el permanente desfile de recién casados, niños pequeños, comuniones, quinceañeras y familias que concurrían a realizarse la tradicional foto de ocasión.  Las “caritas” primero, luego las “siluetas” y las extraordinarias novias de los años ’50 en adelante,  pasaron a ser los clásicos de la Casa de Fotos. El salón de exposición, con dos puertas a la calle  en los extremos que permitían un paso cómodo por el lugar y un espacioso banco para descansar, era la visita obligada de los fines de semana. Todos iban allí a ver, a verse y saberse vistos.  Era todo un acontecimiento haber sido elegidos por Filippini para que la propia  imagen estuviera exhibida allí durante una larga temporada. La galería de fotos, ese soporte de publicación más evolucionado que el álbum que se guardaba celosamente en los hogares, logró abrir otro canal de lectura de las imágenes que se imprimió con fuerza en el imaginario de un pueblo pequeño como el General Pico de las primeras décadas y continuó hasta comienzos de los ’90.

VIDA SOCIAL

Todavía la visita al estudio era una práctica social obligada y la concurrencia del fotógrafo profesional al ámbito privado era la forma más valorada para tener registrados los sucesos familiares y sociales.  Por tanto, en ese contexto el salón de exposiciones adquiría un valor similar al que hoy ocupan las redes sociales, tan cuestionadas por el supuestamente novedoso componente narcisista que implican y que sin embargo no difieren demasiado de aquellas muestras de fotos tan apreciadas por los piquenses y pampeanos de la época, para quienes formar parte de esas colecciones era un hito en su vida social. Las fiestas de casamiento, cumpleaños, comuniones, compromisos y otras del entorno hogareño se hacían públicas en esas exposiciones y  se convirtieron en el objeto de deseo de aquella sociedad pueblerina.

EXPOSICIÓN

Profundizando el uso del soporte-exposición, en el año ’55 mi padre, con la ayuda de mi madre, decide realizar la primera muestra retrospectiva de fotografías documentales de la ciudad con motivo del 50° aniversario de su fundación. El salón se engalana con las fotografías más emblemáticas y preside la exhibición la foto mural que muestra la colocación de la piedra fundamental.  Es la primera vez, hasta donde sé, que se exponen las fotos de la colección con la intención expresa de realizar un relato histórico del devenir de General Pico. Si bien las fotografías existían, y esto era de público y notorio, aparece aquí la intencionalidad de mostrarlas en un continuum histórico, como una narración.

Según sé, las fotografías se elegían por su calidad técnica, pero también por su capacidad para reconstruir la historia del pueblo.  Yo era muy niña en esa ocasión, pero en casa se habló durante  mucho tiempo de esa exposición que fue muy significativa, porque el deseo de mi padre era, una vez más, “mostrar” las imágenes que hacían de su querida ciudad un lugar especial. Si algo rescato de aquellos años, es ese orgullo auténtico que mi padre y mi abuelo sentían por La Pampa y en particular,  por el pueblo que tanto amaban.

EL TALLER

En la Casa de Fotos, detrás del Despacho, que era el lugar de atención al público, estaba lo que llamábamos el taller. Allí se retocaba, se cortaban los passepartouts,  se armaban los marcos, se preparaban los álbumes, y se realizaba la infinidad de tareas que constituyen la labor de un estudio fotográfico.  Era una especie de lugar mágico donde el trabajo era permanente, al que los amigos y parientes tenían acceso  y también nosotros, los niños y nuestros compañeros de juegos.  El taller era el corazón de la casa y de nuestra vida.

Estaba iluminado intensamente por la luz cenital de una claraboya inmensa que abarcaba la totalidad del techo y  que en verano se cubría con unas  lonas blancas que se deslizaban por  un sistema de alambres, corriéndolas desde abajo con unos bastones de madera larguísimos, para atemperar el calor. Allí la actividad, incesante, era amenizada por los tangos, los pasodobles, los foxtrots  y rancheras  que sonaban, a horarios restringidos, desde una inmensa  radio de madera.

AMAR LO PROPIO

Fue  en ese recinto lleno de voces, músicas, proyectos, pasión por el trabajo, expectativas y logros, donde  yo aprendí a amar mi tierra y mi ciudad.  Las fotos, viejas y nuevas, desfilaban permanentemente y todo era motivo de comentarios, relatos, historias de personas conocidas y desconocidas.  Cada rostro que aparecía, cada recoveco que las imágenes traían de los  caminos de la pampa, de cada árbol que iba creciendo o se plantaba, de los médanos,   las lagunas, las nevadas, los caldenes, las estancias y las chacras, todo tenía una historia que podía contarse, con lujo de detalles, a veces con picardía y siempre con  inmensa satisfacción. Allí percibí, como solo puede percibirlo un niño, los amores y las antipatías de mis mayores, sus códigos de amistad, sus tradiciones, pero por sobre todo, el orgullo de saberse parte de la historia de esta pampa y esta ciudad que  habían visto crecer y cuyos entresijos conocían como pocos.

MOMENTO HISTÓRICO

Seguramente  aquella exposición del  ’55,  de la que por tanto tiempo  se habló en casa, fue uno de los momentos culminantes de la historia de la Colección Filippini. Mi padre había comenzado a realizar series de fotos  a lo largo de los años volviendo a las mismas esquinas, casas, comercios e instituciones que ya habían sido fotografiadas por su padre, ubicándose  en el lugar exacto a horas similares, y fue completando el registro. Es vidente que era un proyecto compartido entre padre e hijo, pues mi abuelo, que había venido en 1912,  hacia 1915  había logrado integrar a su archivo  las placas que iban de 1905 a 1911, que solicitó y le fueron obsequiadas por el diario La Nación de Buenos Aires.

Dice Maupassant en el prólogo a su novela Pedro y Juan: “… la vida está compuesta por cosas totalmente diferentes, las más imprevistas, las más contrarias, las más contrapuestas; es brutal, sin sucesión, sin encadenamiento, repleta de catástrofes inexplicables, ilógicas y contradictorias, que deben clasificarse en el capítulo de los «sucesos corrientes». (…)  el artista, una vez elegido su tema, tomará tan sólo, de esta vida repleta de contingencias y casualidades, los detalles característicos útiles a su argumento, y rechazará todo lo demás, todo cuanto quede al margen de él”.

LA FOTO MÁS TRISTE

Sabemos que la vida de los pioneros nunca es sencilla.  Hubo épocas de bonanza pero también de escasez,  de revueltas, sequías intensas, dolores, traiciones, abandonos, retrocesos.  No es fácil construir una patria.  Tal vez la foto más triste para mi abuelo haya sido la que tomó desde el techo de su casa, cubriendo la llegada a Pico de la noticia de la caída de Irigoyen. Ese fue un día trágico para él, y queda la imagen, muy diferente de  las otras, de una multitud oscura y desencuadrada, apiñada frente a las pizarras del diario  La Reforma.

Sin embargo, en las fotos que componen la colección campean el optimismo, la mirada esperanzada, la certeza de que siempre habrá tiempos mejores. La pobreza no parece tan dramática, el sueño de un futuro mejor siempre está ahí, omnipresente, con los anarquistas cortando las vías a la altura de la calle 19 y 24, las   Romerías Españolas y los bares del centro, los niños con sus disfraces y sus carrozas en los Carnavales,  las escuelas recién fundadas, los vendedores ambulantes,  los desfiles patrióticos,  los gallegos en sus bares y negocios y los gringos luchando en el campo.

Sin esa selección a la que alude Maupassant,  la vida, que no tiene lógica aparente y es un absurdo aterrador, sería imposible de ser  vivida. Son esos relatos organizados según la voluntad de los hombres y mujeres comunes o los artistas los que confieren sentidos al caos que es la existencia.

PRUEBA DE AMOR

De  la Colección Filippini perduran unos 16.000 negativos y placas.  Es fácil deducir que en el transcurso de unos ochenta años se hayan tomado muchísimas más fotografías, y que las que hoy integran la colección son las que han sobrevivido a una edición previa, seguramente realizada por mi padre y mi abuelo.

Las que subsisten son la más bella prueba de amor a la tierra que mis antepasados pudieron dejar. Conforman el relato de una ciudad romántica, atada a la idea de progreso, animosa, fuerte, con un presente vigoroso y un porvenir ilimitado. Era esa la idea que sobrevolaba aquellos días de trabajo intenso en el taller.  El futuro estaba lleno de promesas, y sólo se necesitaban brazos valientes y perseverancia para alcanzarlo. Nada parecía imposible.  El trabajo como una pasión  y  la ciudad como el espacio amado eran la garantía de que los sueños se realizarían. No había allí imposibilidades ni límites, solo la certeza de la prosperidad indefinida.

Y al fin y al cabo, las fotos que deliberadamente han  quedado de esas visiones de mis mayores son como la rosa de Coleridge: vienen de un viejo sueño donde la pampa es el Paraíso y son la prueba de que ese paraíso existió, dejándonos el sabor esperanzado de que, aunque no lo hayamos visto, con ellas  lo podremos revivir.

Estela Filippini (15 de septiembre de 2013. Suplemento cultural Caldenia del Diario La Arena).

Exposición de fotografías en el local comercial de los Filippini, con motivo del cincuentenario de General Pico, en 1955.
Exposición de fotografías en el local comercial de los Filippini, con motivo del cincuentenario de General Pico, en 1955.
Amelia Castagnone, prima hermana de Domingo "Poroto" Filippini.
Amelia Castagnone, prima hermana de Domingo “Poroto” Filippini.
A la izq. Domingo Filippini (padre), junto a Ferdinando Castagnone.  Al fondo, puede observarse el riguroso orden del archivo fotográfico.
A la izq. Domingo Filippini (padre),junto a Ferdinando Castagnone. Al fondo, puede observarse el riguroso orden del archivo fotográfico.
Domingo "Poroto" Filippini en su estudio.
Domingo “Poroto” Filippini en su estudio.

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